La crisis: oportunidad para reindustrializar España

Esta crisis nos ha hecho percibir cómo somos altamente dependientes de las manufacturas exteriores, principalmente procedentes de China, y que un colapso en el mercado nos produce fácilmente desabastecimiento de productos básicos porque hemos perdido o nunca tuvimos la capacidad de producirlos. Si alguna lección podemos aprender es que la industria española debe reforzarse no solo para poder dar respuesta con independencia a nuestras necesidades de abastecimiento sino por su menor volatilidad a la hora de mantener sus estructuras productivas en los peores momentos. La industria, en general, aguanta mejor las crisis que el sector servicios, que tiende a desplomarse con más facilidad ante coyunturas adversas. Alemania es fiel ejemplo de lo que decimos, pues con una contribución de aproximadamente un 24% a su PIB, la industria le proporciona estabilidad, trabajo de calidad y superávit en su balanza comercial, como se ha visto en la última crisis y como se verá en la que acaba de comenzar.

En España el sector industrial apenas contribuye actualmente a algo más del 14% del PIB y lleva años bajando su contribución al valor añadido agregado. Concretamente, la industria manufacturera tan solo contribuye a un 11% del PIB y su debilidad es una de las razones de que nuestro saldo comercial sea desfavorable en un 2,75% del PIB a fin de 2019. Ser un país de turismo y hostelería está muy bien, pero aumenta la estacionalidad del mercado laboral y es un sector, como se ha visto ahora y en el pasado, muy sensible a las coyunturas económicas y a las problemáticas de seguridad y salud. Aún así, España volverá en el futuro a tener un sector turístico puntero y que contribuirá decididamente a la producción y el empleo, pero su capacidad de generar riqueza hace poco llegó a un punto del cual se tardará mucho tiempo en pasar, aun cuando el mundo supere esta crisis y vuelva el crecimiento.

Ser un país de turismo y hostelería nos hace sensibles a las coyunturas económicas

La industria tiene mucho recorrido de crecimiento en nuestro país. El líder europeo, Alemania, tiene una industria que representa cerca del 24% del PIB y nuestro país está a más de 10 puntos de este objetivo, hoy inalcanzable, pero al que es urgente converger.

Mucho se ha hablado de la imposibilidad de producir en España a costes de China, pero ya nada es como era y si China puede vender con facilidad fuera no solo es por una cuestión de precios o de costes, sino porque sus bajos precios pasados han desmantelado la capacidad productiva en los países desarrollados. Los fabricantes han ido transformándose en importadores y comercializadores de productos chinos. Este proceso, que ha llevado décadas, ha destruido empleo, capacidad de producción, conocimiento y ha convertido a nuestras empresas en dependientes de sus proveedores extranjeros que, cada vez más, aprovechan su posición de privilegio para exigir mejores condiciones conscientes de la, en muchos casos, falta de alternativas.

En España tenemos casi 200.000 empresas industriales, de las que más del 90% son pymes y micropymes. Pagan salarios medios de casi 40.000 euros por empleado y facturan en conjunto en condiciones normales unos 600.000 millones de euros. La industria da empleo a casi 2.300.000 personas y se trata de un empleo bastante estable y que sufrió menos erosión en la pasada crisis que otros sectores. Aun con estas cifras, nuestro país puede considerarse un desierto industrial si lo comparamos con otros y además regionalmente hay muchas diferencias, pues el sector está muy representado en Cataluña y País Vasco, pero es testimonial en otros muchos territorios.

Los incentivos a la industria se recuperarán con creces por parte del Estado

Mucho se viene hablando de rentas básicas, de helicópteros de dinero y de subsidios. Estas formas de transferencia de renta es cierto que pueden contribuir a una cierta estabilización del consumo y ayudar a un menor, hasta cierto punto, desplome económico. Pero no es menos cierto que el Estado va a disponer, como siempre, de recursos limitados, en esta ocasión, quizás, más escasos y costosos que en otras crisis dado el abultado endeudamiento público. Así, parece que la forma en que se empleen estos recursos será determinante para construir una sólida salida a la crisis que acaba de comenzar. Para su correcta administración, hemos de mirar, de nuevo, al ejemplo alemán. Durante la pasada crisis, Alemania estableció incentivos al trabajo, en lugar de incentivos al desempleo, mediante el complemento de los salarios de determinados trabajadores a cargo del erario. Esta medida no solo contribuyó a abaratar los costes laborales, sino que redujo drásticamente las filas del paro, incrementó las cotizaciones sociales y mantuvo a la industria alemana en funcionamiento de forma competitiva.

Puede afirmarse que esta crisis, en la que se van a movilizar ingentes cantidades de recursos, algunos procedentes de la Unión Europea, nos ofrece la oportunidad de gastarlos bien y efectuar políticas de reindustrialización y mantenimiento de la capacidad industrial, sobre todo orientadas a la industria manufacturera, no solo fomentando y facilitando la financiación de las inversiones precisas en un momento de dificultades de financiación privada y bajos beneficios, sino incentivando la contratación de trabajadores mediante subsidios al trabajo o la compatibilidad del trabajo con otro de tipo de ayudas. Cada punto que se consiga de crecimiento en el PIB industrial puede significar la creación de 150.000 empleos y reducir nuestro déficit comercial. Los incentivos a la industria se recuperarán con creces por parte del Estado, dada la mayor estabilidad de las empresas industriales y más duración en el mercado.

Se trata de incentivar, financiar y subsidiar, de alguna forma, las inversiones y la contratación de trabajadores, no se trata de abrir empresas públicas industriales, algo que la historia ha demostrado es un error que se paga en forma de la socialización de pérdidas.

El Economista – 18 de mayo 2020